viernes, 19 de septiembre de 2014

CRIOLLOS CORRENTINOS LLEGAN AL CHACO

Encabezados por don Simeón Borda, el 20 de septiembre de 1870 llegó al antiguo paraje de San Fernando un contingente de diez correntinos, como ya lo hacían desde la mitad del siglo XIX para dedicarse al trabajo en los obrajes existentes en las riberas del Paraná.
Instalados cerca de lo que hoy es el Golf Club, comienzaron las faenas de limpieza del monte para instalar precarias viviendas. Algunos de ellos se volvieron a Corrientes, pero el empresario, nacido en Bella Vista se quedó y dio comienzo a una tesonera y perseverante labor que lo llevó a marcar una impronta en la incipiente labor forestal de la región.
En una embarcación llamada “La Yarará” embarcaba la leña campana que llegaba en carros  desde sus obrajes hasta Barranqueras para alimentar las calderas de los barcos anclados en el puerto de Corrientes.
Simeón Borda, con su esposa y sus cuatro hijos, se instaló en Barranqueras, que a la sazón, aparece como una prolongación de Resistencia.
simon borda
Ertivio Acosta junto a Cheché Gómez Lestani y Cerruti, en un acto donde recuerdan al hachero correntino.

Sin embargo, pese a los esfuerzos realizados y a su pionera labor como empresario forestal, esa familia correntina no pudo acceder a la propiedad del lote que habitaban desde 1886.
Recién cuando falleció don Simeón Borda, la sociedad se acordó de él mismo y el diario la Voz del Chaco lo recordó, según la documentación de Orlando Becerra (Barranqueras, 1995) con estas palabras: “En Barranqueras, donde residía desde hace muchos años, cerró serenamente sus ojos para siempre, uno de esos hombres venerables, seres anónimos que pasan desapercibidos entre las generaciones nuevas, que por no conocerlo o por no atribuirle el mérito que tiene, no se le rinde el homenaje que se merece”.
Como al primer contingente de obrajeros criollos que llegó al Chaco, le tocó a este correntino ganarle al monte con hacha en una mano y un fusil en la otra, a las alimañas y pelear contra los indígenas que defendían su suelo.
El monumento al hachero (o lo que queda de él) emplazado en la rotonda de acceso al puente general Belgrano, fue erigida en 1989 en reconocimiento a quienes poniendo su sangre, fuerza y espíritu proletario construyeron otro escenario para beneficio de las actuales generaciones, más allá de que en esta mutación del paisaje hubo ganadores y perdedores.
“Y así, como dice Gastón Gori… los correntinos fueron los hacheros más sobresalientes, expuestos a los rigores del clima, a la ponzoñosas víboras y los molestos insectos, y era explotado en el trabajo diario”. ( López Piacentini, 1970).
Crisanto Domínguez va más allá: “El hachero no sólo era prisionero de la selva, sino también del patrón… Un  hachero estaqueado entre dos postes de quebracho, recibía bávaros latigazos de dos guardaespaldas del patrón, quien sentado bajo el galpón, calculaba la eficiencia de los azotes… El motivo del castigo fue querer huir de la empresa…”


“Esta experiencia forestal hizo posible el tendido de líneas férreas, mientras el cachapé, guiado por el hijo del Taragui, marcaba las primeras huellas en este temido Chaco”. ( López Piacentini; 1070)

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